Atalayas
El
llamado y la misión de un profeta está claramente ejemplificado
en el llamado y la comisión de Ezequiel, no sólo para
los antiguos profetas israelitas, sino para los actuales
profetas de Dios.
Ezequiel
1:1 "Aconteció en el año treinta, en el mes cuarto,
a los cinco días del mes, que estando yo en medio de
los cautivos junto al río Quebar, los cielos se abrieron,
y vi visiones de Dios".
Los
cielos se abrieron para Ezequiel. Los cielos también
se han abierto para nosotros. ¿Qué nos permitirá ver
en esta mañana, en estos cielos abiertos? Pidámosle
a él que nos abra el entendimiento, que agudice nuestra
vista espiritual, para ver la gloria suya, y para escuchar
la voz que sale poderosa desde su trono.
Padre,
en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, nos inclinamos
delante de ti. Reconocemos nuestra pequeñez, nuestra
impotencia, nuestra necedad. Reconocemos que toda sabiduría
procede de lo alto, de ti, Padre bueno. Por eso, a
ti nos allegamos en esta mañana, para pedir que tú nos
socorras, que tu Santo Espíritu nos asista -al que
hablará y a los que oirán- para que, Señor, tu gloria
también nos sea comunicada, podamos contemplarla y
escuchar tu voz, en el nombre de Jesús, amén.
La
visión de la gloria de Dios
Comienza
el libro de Ezequiel mostrándonos los cielos abiertos
y mostrándonos algunas visiones de Dios en su trono.
Lo que vio Ezequiel fue tan impresionante que cuando
termina esta primera visión, según leemos en el versículo
28, se postró sobre su rostro y oyó la voz de uno que
hablaba.
Es
imposible contemplar la gloria de Dios y no caer postrados.
Porque lo que nosotros conocemos en la tierra es defectuoso,
es pálido. Lo que conocemos en la tierra es una sombra
apenas, es una niebla. Las cosas verdaderas están más
allá de las nubes. Por tanto, cuando miramos lo que
hay más allá de este cielo, no podemos permanecer indiferentes.
Conviene que también nosotros nos postremos a sus pies.
La
visión de Ezequiel, según vamos a leer en el versículo
4, es una visión de querubines, es una visión de algunas
figuras un poco extrañas: "Y miré, y he aquí venía
del norte un viento tempestuoso, y una gran nube, con
un fuego envolvente, y alrededor de él un resplandor,
y en medio del fuego algo que parecía como bronce refulgente,
y en medio de ella la figura de cuatro seres vivientes.
Y esta era su apariencia: había en ellos semejanza
de hombre".
Luego
se describe en qué consistían estos seres vivientes.
Más adelante se dice que eran querubines. Su figura
es extraña, pero impresionante: ellos tenían cuatro
rostros, tenían alas, tenían ruedas, se movían para
todos lados sin volverse. Era impresionante.
En
el verso 25 dice: "Y cuando (estos seres vivientes)
se paraban y bajaban sus alas, se oía una voz de arriba
de la expansión que había sobre sus cabezas".
Sobre las cabezas había una expansión, pero lo que
hay sobre la expansión es más glorioso aún. ¿Qué leemos
en el versículo 26?: "Y sobre la expansión que
había sobre sus cabezas se veía la figura de un trono
que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura
del trono había una semejanza que parecía de hombre
sentado sobre él. Y vi apariencia como de bronce refulgente,
como apariencia de fuego dentro de ella en derredor,
desde el aspecto de sus lomos para arriba; y desde
sus lomos para abajo, vi que parecía como fuego, y
que tenía resplandor alrededor. Como parece el arco
iris que está en las nubes el día que llueve, así era
el parecer del resplandor alrededor. Esta fue la visión
de la semejanza de la gloria de Jehová".
Cuando
Ezequiel trata de describir la gloria de Dios, no atina
a encontrar las palabras exactas; por eso, usa esta
expresión repetidamente: parece... semejante a... ¿Por
qué será? Oh, la gloria de Dios excede nuestros cánones,
excede toda apariencia, toda semejanza con cosas de
la tierra.
Noten
ustedes que Ezequiel no vio quién era el que estaba
allí. Sólo vio -dice- una semejanza que 'parecía' de
hombre. Sin embargo, Esteban, ¿qué dijo?: "He
aquí, veo a Jesús". ¡Aleluya! No hay ninguna duda
en Esteban. Para nosotros tampoco la hay.
Ezequiel
tiene la bienaventuranza de ver la gloria de Dios.
Lo que habría de vivir luego Ezequiel era tan duro,
era tan difícil. La situación en la cual él vivía era
tan complicada, había una apostasía tal, había un olvido
tal, una dureza de corazón tal... La misión que tenía
que desempeñar Ezequiel requería de tanta fuerza, de
tanta seguridad, que Dios primero, antes de ordenarle,
de encomendarle algo, le muestra su gloria.
Ezequiel
vivió tiempos de apostasía. Jerusalén estaba cautiva,
Israel estaba en manos de los babilonios, la gloria
de Dios amenazaba con irse desde su trono en la tierra,
desde su lugar, su santuario en la tierra. Por eso,
antes de llamarlo al ministerio profético, Dios le
muestra su gloria a Ezequiel.
¿Saben,
amados hermanos? En tiempos de apostasía, en tiempos
de prueba, en tiempos cuando la fe claudica, en tiempos
cuando la incredulidad aumenta, cuando el amor se apaga,
cuando el corazón se endurece; en esos días, es preciso
que Dios en su gracia nos muestre su gloria. Es lo único
que nos sostendrá. Entonces, no será suficiente con
conocer versículos de la Biblia, no será suficiente
con haber seguido un curso de teología. Oh, cuando
toda la marea a nuestro alrededor se opone a Dios,
cuando los que antes creían ya no creen, cuando los
que antes tenían fuego ya lo tienen apagado, en ese
momento, cada uno tiene que sostenerse solamente con
la visión de la gloria de Dios.
El
llamamiento de Ezequiel
Hay
un llamamiento aquí en el capítulo 2. Luego de esta
visión, y desde ese trono, sale una voz que habla a
Ezequiel diciendo: "Hijo de hombre, ponte sobre
tus pies, y hablaré contigo. Y luego que me habló,
entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies,
y oí al que me hablaba. Y me dijo: Hijo de hombre,
yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes
que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han
rebelado contra mí hasta este mismo día. Yo, pues,
te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón;
y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. Acaso ellos
escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa
rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos".
Noten
ustedes que lo que le dice el Señor a Ezequiel en el
versículo 5 lo reitera en el versículo 7: "Les
hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar;
porque son muy rebeldes. Y en el capítulo 3:11, también:
11Y ve y entra a los cautivos, a los hijos de tu pueblo,
y háblales y diles: Así ha dicho Jehová el Señor; escuchen,
o dejen de escuchar".
Un
profeta para testimonio
En
otra versión de las Escrituras (NVI), se traduce así esa
frase: "Tal vez te oigan, tal vez no". Desde
el comienzo el Señor le dijo lo difícil que iba a ser
para él. "Irás a hablarles a un pueblo rebelde,
a un pueblo duro, de empedernido corazón, de duro rostro.
Tal vez no te oigan. Acaso te escuchen. Sin embargo,
Ezequiel, tú vas a ir, para que conozcan que hubo profeta
entre ellos".
Notemos
nosotros que Dios estaba guardando su testimonio. El
objetivo por el cual Dios lo envió era para que su
testimonio estuviera vigente aún en esos momentos de
apostasía. Él fue enviado para testimonio, para que
ellos no tuvieran ninguna excusa. En el día de la calamidad,
ellos no podrían decir: "Dios no nos advirtió".
Ezequiel fue enviado para testimonio.
Nos
acordamos de la palabra del Señor Jesucristo cuando
dijo que el evangelio del Reino sería publicado a todas
las naciones para testimonio a todas las naciones,
y después vendría el fin. En ambos casos, encontramos
una semejanza: "Conocerán que hubo profeta entre
ellos". Conocerán que el evangelio les fue predicado.
No tendrán excusa.
Y
también hay una semejanza en esto: tal como era la
dureza de corazón de los israelitas en días de Ezequiel,
también va a ser la dureza de corazón en los días finales,
antes del fin. "Tal vez no te escuchen, pero tendrás
que predicar, y tendrás que decir lo que yo te digo,
para que no tengan excusa". "No les temas,
aunque te hallas entre zarzas y espinos, dice el verso
6, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque
te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones;
no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de
ellos, porque son casa rebelde".
No
era una tarea fácil. Hablarle a gente que es comparada
con zarzas, con espinos, hablarle a gente que es comparada
con escorpiones. ¿No eran el pueblo de Dios, no eran
los escogidos¿ ¿No tenían la Ley, no habían escuchado
a los profetas? ¿No tenían el templo, el lugar sagrado? ¿No
traían sus ofrendas? ¿No guardaban las fiestas? La
condición a que han llegado, sin embargo, es terrible:
ellos son comparados por Dios mismo como zarzas y espinos
y escorpiones.
No
podemos dejar de establecer una analogía entre la condición
de Israel en este tiempo y la condición de la cristiandad
en nuestros días. Hay muchos hombres que tienen el
nombre de Cristo en sus labios. Sin embargo, en sus
corazones el Señor no está. Hay muchos que le confiesan,
le profesan de labios, pero su corazón está lejos de él. "Este
pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos
de mí". Esas palabras del Señor tienen plena vigencia
hoy.
Y
el Señor usa hombres como Ezequiel, el Señor está convocando
en este tiempo a sus profetas, para que se levanten,
para que sean testimonio a un pueblo rebelde. Dios
está convocando a los Ezequiel, mostrándoles su gloria,
encomendándolos, para que hablen las palabras de Dios,
escuchen o dejen de escuchar.
Recibir
la Palabra en el corazón
En
seguida, el Señor le dice a Ezequiel: "Abre tu
boca, versículo 8 al final, y come lo que yo te doy.
Y miré, y he aquí una mano extendida hacia mí, y en
ella había un rollo de libro. Y lo extendió delante
de mí, y estaba escrito por delante y por detrás; y
había escritas en él endechas y lamentaciones y ayes.
Me dijo: Hijo de hombre, come lo que hallas; come este
rollo, y ve y habla a la casa de Israel. Y abrí mi
boca, y me hizo comer aquel rollo. Y me dijo: Hijo
de hombre, alimenta tu vientre, y llena tus entrañas
de este rollo que yo te doy. Y lo comí, y fue en mi
boca dulce como miel".
Noten
ustedes que Ezequiel no es enviado en sus propios recursos,
o a decir sus propias palabras. Ezequiel no es enviado
sin que primero Dios lo capacite, lo alimente, lo nutra
de las palabras que él deberá decir. Un profeta de
Dios no habla de sí mismo. Si Dios calla, el profeta
debe callar; si Dios habla, el profeta debe hablar.
Si Dios dice "Morirás", el profeta debe decir "Morirás".
Si Dios dice "Vivirás", el profeta deberá decir "Vivirás".
"Alimenta
tu vientre, y llena tus entrañas de este rollo..." Las
entrañas son el lugar más íntimo, el interior. Hasta
ese lugar tiene que llegar la palabra que Dios da al
profeta. En el verso 10 dice: "10Y me dijo: Hijo
de hombre, toma en tu corazón todas mis palabras que
yo te hablaré..." Toma en tu corazón todas mis
palabras.
¿Con
qué recibimos la palabra de Dios? ¿Solamente con los
oídos? ¿Con la inteligencia, con la mente? ¿La palabra
de Dios puede ser objeto de disección? ¿Es la palabra
de Dios para examinarla como si fuese un texto de poesía
griega? El Señor le dice a Ezequiel que tiene que llenar
sus entrañas y tiene que recibir en su corazón las
palabras.
Oh
pueblo de Dios, las palabras de Dios no son para ponerlas
en duda, para analizarlas, para hacer cálculos si será o
no verdad. Las palabras de Dios son para recibirlas
en el corazón, para creerlas. Sólo cuando se reciben
en el corazón pueden producir un cambio de conducta.
Cuando algo nos llega a la mente, apela a nuestro razonamiento,
y entonces un razonamiento es contestado con otro razonamiento.
Si
Dios nos dice algo, podemos replicar a lo que él dice,
como cuando uno dialoga con otro. Pero cuando Dios
es recibido en el corazón, su palabra es recibida en
las entrañas, no hay contra argumentos. No lo hay,
hay una aceptación, hay una actitud de adoración, hay
una conciencia de que "Dios me ha hablado, me
inclino ante él, le adoro". ¿Te ha hablado a ti
el Señor así, alguna vez? ¿Ha quedado tu boca cerrada
cuando él lo ha hecho? ¿Se ha inclinado tu corazón
para adorarle?
Necesitamos
oír así al Señor, con reverencia, oírlo con fe. A Israel
en el desierto no le aprovecharon las muchas palabras
que Dios les habló, porque ellos no acompañaron el
oír con fe; no oyeron con fe. Dios debe ser escuchado
por el corazón.
En
estos días, la palabra de Dios es objeto de análisis
más que objeto de fe, de adoración, de reconocimiento
de la gloria de Dios. Ayer estaba leyendo un comentario
bíblico sobre Ezequiel, y se mencionaban ahí como ocho
o diez grandes estudiosos de las Escrituras y varios
de ellos coincidían en que Ezequiel tenía una enfermedad
mental, una esquizofrenia, que sólo un esquizofrénico
puede ver las cosas que veía Ezequiel. La palabra de
Dios tiene que ser recibida en el corazón, sino no
sirve de nada, servirá sólo para condenar a aquel impío
que la puso en du-da, que la rebatió, que la cuestionó.
Todos
somos profetas
He
aquí un profeta que es introducido en un ministerio,
en un servicio. A lo mejor alguno de ustedes dirá: "¡Qué me
dice a mí esta palabra! Yo no soy un profeta en la
casa de Dios, yo no soy un ministro de la palabra".
Sin embargo, recordamos aquella expresión de Moisés,
cuando el Espíritu Santo estaba siendo derramado sobre
los que le colaborarían, y había dos de ellos que estaban
en el campamento y alguien vino a decirle: "He
aquí que aquellos están también profetizando".
Y él les dijo: "¿Por qué estáis celosos? Ojalá todos
fuesen profetas". Y nos acordamos también de la
enseñanza de Pablo en 1ª Corintios14, cuando dice: "Porque
todos podéis profetizar". Ese capítulo 14 de 1ª de
Corintios es un llamado a que el pueblo de Dios profetice,
a que el pueblo de Dios abra su boca para declarar
los hechos de Dios, la palabra de Dios.
Todos
somos profetas de él. Cuando tú le hablas a tu vecino
del Señor, tú eres un profeta. Cuando tú le dices: "El
mundo que vivimos va a perecer bajo los juicios de
Dios", tú eres un profeta. Y de hecho, tu profecía
se va a cumplir. Cuando tú notificas a un pecador que
ese camino lo está llevando hacia el infierno, "Si
tú sigues actuando así, perecerás, morirás", tú eres
un profeta. En tiempos difíciles como los que vivimos,
Dios está llamando a muchos Ezequiel, y creo que en
esta mañana también te está llamando a ti. Si no lo
has visto hasta hoy, es bueno que lo veas.
Lo
que significa ser atalaya
¿Para
qué Dios llamó a Ezequiel? El título que sigue dice "El
atalaya de Israel". Para que fuera un atalaya.
Vamos a hablar un poco de lo que significa ser un atalaya.
Pero
el pasaje análogo que aparece en el capítulo 33 está mejor
desarrollado. Vamos a ir a Ezequiel 33. "Vino
a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, habla
a los hijos de tu pueblo, y diles: Cuando trajere yo
espada sobre la tierra, y el pueblo de la tierra tomare
un hombre de su territorio y lo pusiere por atalaya,
y él viere venir la espada sobre la tierra, y tocare
trompeta y avisare al pueblo, cualquiera que oyere
el sonido de la trompeta y no se apercibiere, y viniendo
la espada lo hiriere, su sangre será sobre su cabeza.
El sonido de la trompeta oyó, y no se apercibió; su
sangre será sobre él; mas el que se apercibiere librará su
vida. Pero si el atalaya viere venir la espada y no
tocare la trompeta, y el pueblo no se apercibiere,
y viniendo la espada, hiriere de él a alguno, éste
fue tomado por causa de su pecado, pero demandaré su
sangre de mano del atalaya. A ti, pues, hijo de hombre,
te he puesto por atalaya a la casa de Israel, y oirás
la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte".
¿Qué es
el atalaya? Un atalaya es un centinela, es un vigía.
En las ciudades amuralladas de la antigüedad, había
torres en algunos sectores de los muros, para que los
atalayas desde allí pudieran mirar a lo lejos lo que
sucedía, especialmente si había peligro para la ciudad.
Y aquí se dice exactamente cuál es el deber del atalaya.
Noten en el versículo 3 lo que dice: "Y él viere
venir la espada sobre la tierra". ¿Qué significa
ver venir la espada sobre la tierra? La espada es el
peligro, es el enemigo. Es el peligro que acecha: la
ciudad va a ser atacada, la ciudad está desapercibida,
ignora el peligro, están confiados, ellos están viviendo
su vida cotidiana, ellos no advierten el peligro. Pero
el que está sobre la torre en la parte más alta, él
ve venir la espada sobre la tierra.
La
espada viene
Hijos
de Dios, ¿pueden ver ustedes la espada que viene sobre
la tierra? La espada viene sobre la tierra.
Cuando
pasamos el año 2000, muchas predicciones apocalípticas
que había de que el mundo podría terminar el año 2000,
temores que eso traía consigo se esfumaron. Pareciera
ser que la humanidad se despreocupó por algún tiempo.
Pasó el peligro, pasamos el 2000. Podemos seguir avanzando
en este camino de la tecnología, del desarrollo, la
ciencia. Podemos seguir creciendo, enriqueciéndonos,
desarrollándonos, en las vastas áreas del conocimiento,
de la ciencia.
Sin
embargo, el año pasado, el 11 de septiembre en Estados
Unidos fue un recordatorio de que la espada viene sobre
la tierra.
Las
muchas cosas que estamos viviendo, la perversión, la
violencia, la degeneración de las costumbres de la
moral, son un recordatorio de que la espada viene sobre
la tierra.
Podemos
decir figuradamente que la espada vino sobre la tierra
en los días de Noé. Y las características de la gente
de esa época: la maldad había aumentado, la perversión
había aumentado, la maldad sobre la tierra era incontrolable.
Dios -dice la Escritura- se arrepintió de haber creado
al hombre.
Capítulo
6 de Génesis: "Los hijos de Dios se mezclaron
con las hijas de los hombres". Pecados sexuales,
la maldad aumentó, y la violencia imperaba sobre la
tierra. Y, ¿vino o no la espada? Sí, vino la espada.
Fue una espada de agua. Cuarenta días y cuarenta noches.
El mundo entero fue anegado, pereció, fue raída toda
la humanidad de sobre la tierra, con excepción de ocho
personas. En aquellos días, Noé fue un atalaya. Como
ciento veinte años, él estuvo diciendo: "¡La espada
viene! ¡El fin viene, se acerca!". No fue oído.
Se burlaron de él. Noé necesitó tener un rostro muy
duro, muy firme, tal como Ezequiel, para poder arrostrar
la oposición, las burlas, durante esos ciento veinte
años que él predicó.
Algunos
años después, en días de Lot, la espada volvió a venir
sobre dos ciudades: Sodoma y Gomorra, que habían llegado
a un extremo en su perdición, un desafío a todos los
principios de Dios. La inmoralidad, la homosexualidad,
la perversión, el desvarío... Lot afligía su alma.
Y la espada vino de nuevo. Esta vez fue fuego que cayó del
cielo y quemó íntegramente esas dos ciudades y aun
otras dos, Adma y Zeboim, cayeron también bajo el juicio
de Dios. Lot, a diferencia de Noé, él no fue un atalaya,
su fe estaba tan debilitada, la maldad había recrudecido
tanto sobre él, estaba como apagado, hostigado. Lot
vivía con la fe de su tío Abraham, y gracias a la fe
de su tío él escapó de la muerte. ¿Qué haremos nosotros
si vemos que la espada viene sobre la tierra? ¿Seguiremos
el ejemplo de Noé o el ejemplo de Lot? Las mismas características
de los días de Noé y de Lot las estamos viviendo por
doquier, las estamos viendo por doquier: la maldad,
la inmoralidad, la corrupción.
¡Profetas
de Dios! ¡Atalayas, centinelas, vigías! ¡Levántense
para dar testimonio, para decir que la espada viene
sobre la tierra! No pueden recluirse entre cuatro paredes,
no pueden disfrutar solos la presencia de Dios. Hay
que pararse en los lugares altos para anunciar a todos
que el peligro acecha, que los juicios vienen, que
Dios se está cansando de una humanidad pervertida,
que la santidad de Dios ya no soporta más.
La
desfachatez ha aumentado, los hombres pecan sin ningún
escrúpulo. Hace diez años atrás nadie hubiera pensado
que algunos personajes de clara tendencia homosexual
en Chile pudieran ser aplaudidos por televisión, reconocidos
en los diarios, personas populares, admiradas, queridas.
En los días de mi infancia, eso no se veía. Por lo
menos tenían el pudor de guardárselo, de esconderse.
Hoy se exhiben públicamente, y pareciera ser que la
diferencia que ellos marcan es admirada. ¿Qué significa
eso?
En
estos últimos veinte años, el mundo ha tenido un cambio
notable. La espada se acerca, los juicios de Dios se
ciernen sobre la humanidad, y es necesario que los
atalayas cumplan su misión. Si el atalaya, dice en
el versículo 4, si tocare la trompeta y avisare al
pueblo, y cualquiera que oyere el sonido de la trompeta
y no se apercibiere y fuere herido, su sangre será sobre
su cabeza, pero el atalaya librará su vida.
En
1ª Corintios 14, se nos dice que el sonido de la trompeta
es la voz de los profetas, es la palabra de Dios que
es anunciada con claridad para que el pueblo se aperciba
para la guerra o se defienda del peligro. Tenemos nosotros
una trompeta que suena fuerte, que suena claro, y que
está en nuestra boca, y es la palabra de Dios. Tenemos
la palabra de Dios morando en nuestros corazones y
está en nuestro corazón y también en nuestra boca.
No tenemos que subir al cielo ni bajar al abismo; está en
nuestra boca y en nuestro corazón. Podemos declarar
que hay salvación en Jesús, que todo aquel que confiesa
el nombre de Jesús es salvo.
La
palabra para el impío
Versículo
8: "Cuando yo dijere al impío: Impío, de cierto
morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío
de su camino, el impío morirá por su pecado, pero su
sangre yo la demandaré de tu mano".
¿Cuál
es la palabra de Dios para el impío? ¿Es difícil? ¿Es
un mensaje largo? ¿Es algo complicado?
¿Cuál
es el mensaje de Dios para el impío? ("De cierto
morirás") De cierto morirás.
Mira,
lo primero que debe escuchar y que debe conocer el
impío es el destino que le espera si sigue exactamente
en el mismo camino que lleva. Cuando el impío no es
despertado a su condición, a su realidad, cuando no
toma conciencia de su peligro, rechazará toda palabra
de gracia. Es sólo cuando ve el peligro, cuando es
convencido por el Espíritu de que su camino es de perdición,
de que su condición no tiene retorno, entonces él puede
clamar por misericordia. Él va a abrir el corazón para
recibir la gracia.
Impío,
de cierto morirás. ¡Atalayas, éste es el mensaje para
el impío! Esa notificación, esa sentencia de muerte
anunciada a los impíos puede producir un arrepentimiento,
puede producir un cambio. El Espíritu Santo tocará su
corazón y lo mismo que hace un martillo con una piedra
-la puede quebrantar-, la palabra también, como una
espada, puede atravesar su alma y producir arrepentimiento.
Pecador,
tú que estás sin Dios, tú que no tienes a Cristo, tú morirás,
indefectiblemente morirás. No sólo físicamente, morirás
eternamente. "La paga del pecado es muerte".
La única manera de mantenerse en pie sobre las aguas
es que debajo de los pies haya una roca. Y la roca
es Cristo Jesús. Lo mismo que Pedro se hundió en el
mar porque por un momento dejó de ver al Señor, así también
los impíos zozobrarán, se ahogarán, en el mar tempestuoso
de este mundo, y sus almas irán al infierno por los
siglos de los siglos.
Hay
una doctrina en medio de la cristiandad que dice que
el alma de los impíos irá al infierno, pero que ese
infierno durará lo que demora un leño en el fuego en
quemarse; y que así como ese leño se transforma en
ceniza y después en nada, así el alma de los pecadores
luego de un juicio leve, rápido, esas almas se convertirán
en nada. Hay una doctrina hoy en la cristiandad que
dice así, y cuando tú conversas con esa clase de gente,
ellos no le tienen temor al infierno. Muchos de ellos
creen lo que creen y siguen pecando, y no tienen la
urgencia de hablarles a otros que tienen que salvar
su alma.
Ellos
se toman las cosas muy livianamente, porque total el
infierno durará un minuto. Es una doctrina perniciosa
que se ha metido en la cristiandad y son millones que
creen eso hoy en el mundo entero. ¡Cuán mal le ha hecho
eso a los hombres!
La
verdad de Dios es más dura, es más fuerte, y por eso
mismo tenemos que decirla con claridad: Pecador, sin
Cristo, de cierto morirás y tu muerte será eterna,
y tu castigo no sólo será ser excluido de la gloria
de Dios, sino que lo mismo que aquel rico en la parábola
en la historia del rico y Lázaro, esas almas clamarán,
serán atormentadas para siempre en un fuego. No hay
ninguna razón para que un hombre impío pueda seguir
viviendo después de la muerte y seguir como desaprensivamente
pensando que el castigo es leve. No hay ninguna razón
para que Dios perdone a un hombre pecador, no hay ninguna
razón para que Dios tenga misericordia de un hombre,
porque el hombre merece la muerte por su pecado. No
hay ninguna razón lógica para que Dios pueda absolver
a un pecador, porque Dios es justo y los pecados merecen
un juicio justo, y ese juicio justo es la muerte.
Si
hablamos de razones, no hay razones para que Dios pudiera
salvar a un hombre pecador. Lo único que salva a un
pecador no es una razón, es una misericordia, es una
gracia, es un don, es un regalo, ¡es la sangre preciosa
de Jesucristo! Así que no debe sorprendernos que haya
un castigo eterno para el impío, y que estas palabras
estén dichas aquí en Ezequiel 33:8, "Impío, de
cierto morirás". ¿O son palabras sólo para meter
miedo? ¿Podría Dios decir algo que no es verdad?
Pero,
también dice que el impío, en el verso 14 dice: "Y
cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; si él
se convirtiere de su pecado, e hiciere según el derecho
y la justicia", y nos saltamos al 15 abajo donde
dice: "...vivirá ciertamente y no morirá".
El impío que se arrepiente vivirá y no morirá. En el
versículo 11 dice: "Vivo yo, dice Jehová el Señor,
que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva
el impío de su camino, y que viva".
¿Cuál
es la perfecta voluntad del Señor? ¿Pueden decirlo?
("Él no quiere la muerte del impío"). Él
no quiere la muerte del impío, sino que se vuelva el
impío de su camino ¡y que viva! ¡Qué precioso es decir
esto, qué fácil es decirlo, nos gusta decirlo! Sin
embargo, las primeras palabras de Dios son éstas: "Impío,
de cierto morirás". Lo mejor que se le puede decir
a un hombre que va camino al despeñadero es que, si
no se detiene, va a caer y va a morir.
Yo
no me olvido de lo que pasó en Chile hace algunos años
atrás. Más o menos por este tiempo debe de haber sido
cuando se produjo una avalancha y un río crecido sacó un
puente, en la noche, y un hombre iba manejando por
la carretera. De repente, cayó al lecho del río. Salvó milagrosamente.
Sujetándose por las ramas, salió arriba, corrió, fue
a la carretera unos metros más allá y desesperadamente
hacía señales para que se detuvieran los vehículos
que venían. No le hicieron caso. Deben recordar la
noticia. Y cayó un vehículo con varias personas, y
murieron.
Así tan
urgente como ése es el llamado del atalaya, cuando
le dice al impío: "Mira, si sigues por este camino,
hay un despeñadero, ¡vas a caer y vas a morir!".
El que va en el vehículo, plácidamente, él va relajado,
piensa que la vida la tiene comprada. El ser humano
debe saber que la vida pende de un hilo, y que aun
un pequeño movimiento en la vida cotidiana puede traer
consecuencias fatales. ¡Cuántos han muerto después
de haber salido de su casa, a la vuelta de la esquina!
Muertos... Es necesario advertir a tiempo al impío
para que no muera la muerte eterna que es la peor de
todas.
La
palabra para el justo
Pero
el atalaya no sólo tiene un mensaje para el impío.
En el versículo 13, encontramos un mensaje al justo: "Cuando
yo dijere al justo: De cierto vivirás..." Comparen
ustedes las palabras del 8 y del 13. En el 8 dice: "Cuando
yo dijere al impío: Impío, de cierto morirás".
En el 13 dice: "Cuando yo dijere al justo: De
cierto vivirás".
Hermanos,
esta es una situación que tenemos que mirar con cuidado. ¿Qué pasa
cuando Dios le dice a un hombre: "Tú eres justo,
tú vivirás"? Yo creo que esto nos habla a todos
nosotros, o a la mayoría de los que estamos aquí. Dios
nos ha dicho: "Ustedes son justos, ustedes vivirán". ¿Sientes
que Dios te ha dicho eso? (Amén). Yo también lo sé,
a mí también me lo ha dicho. La Escritura dice que
son declarados justos no los que hacen buenas obras
para por esas obras ser declarados justos, sino que
son hechos justos los que creen en Aquel que justifica
al pecador, en Aquel único que es justo y que justifica
al que es de la fe de Jesús. Nosotros creemos en Jesús. Él
es el Justo y él es el que justifica. Por lo tanto,
no hay ningún otro mérito, no hay ninguna otra condición
para que un hombre pueda ser declarado justo, sino
es recibir simplemente la justicia del Justo.
Sin
embargo, hay un mensaje para el justo. Ya que Dios
nos ha dicho: "De cierto vivirán". "Y él,
confiado en su justicia..." Son bastante familiares
estas palabras. Justos confiados en su justicia, justos
que miran por la ventana para afuera de su casa y dicen: "¡Pobres
hombres pecadores! ¡Pobre borracho aquél! ¡Los juicios
les van a caer! ¡Cuidado, pecadores!" Un justo
confiado en su justicia, puede hacer también iniquidad.
Y, en tal caso, todas sus justicias no serán recordadas,
sino que morirá por su iniquidad que hizo.
¡Qué extrañas
palabras! ¿No es contradictorio con lo que dice Pablo
en Romanos? ¿No es contrario con la doctrina de la
salvación plena, la salvación que no se pierde, la
salvación sólo por los méritos de Cristo, por fe, por
gracia? ¿Así es que, después de haber sido justo por
mucho tiempo, si comete pecados, sus justicias serán
olvidadas y morirá por esta última iniquidad que hizo?
Veamos
lo que dice el versículo 12: "Y tú, hijo de hombre,
di a los hijos de tu pueblo: La justicia del justo
no lo librará el día que se rebelare; y la impiedad
del impío no le será estorbo el día que se volviere
de su impiedad; y el justo no podrá vivir por su justicia
el día que pecare". Hay tres tipos de pecado que
comete el justo aquí. En el verso 12, la justicia del
justo no lo librará el día que se rebelare. Al final
del 12 es la rebelión. Al final del 12, el que pecare,
el pecado. Y en el 13 es la iniquidad que comete en
su confianza. Queremos destacar eso, en la confianza.
El peligro está en esa confianza.
La
rebelión
Hermanos
justos, ¿por qué suele venir rebelión en el corazón
del creyente? Hay hijos de Dios que se rebelan contra
Dios. ¿Sabe cuándo suele ocurrir eso? Eso suele ocurrir
en el día de la prueba. A un cristiano se le murió su único
hijo... Se rebela. A un cristiano se le quema la casa...
Se rebela. Un cristiano pierde a su esposa... Se rebela.
Fracasa la empresa... Se rebela. Cae en pecado un cristiano
prominente... Se rebela. Le falla su líder... Se rebela. ¿Qué es
eso, sino una prueba para la fe?
Esas
experiencias, esas circunstancias, esas "desgracias", ¿no
son una prueba -sin duda, difícil- para la fe? Pero
que si un hijo de Dios, que ha visto al Señor, que
conoce que toda su vida está en manos de Dios, que
nada escapa a su control, y que Dios es bueno, y que
lo que Dios dispone es lo mejor para él; si un cristiano
piensa, cree así, entonces esa prueba no generará rebeldía.
Se quebrantará el corazón, sin duda, habrá lágrimas
y lágrimas, habrá desvelos, habrá angustia indecible,
pero no habrá rebeldía. Ese cristiano dirá: "Dios
dio, Dios quitó; sea el nombre de mi Dios bendito".
"Hermanos
míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas
pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce
paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa,
para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte
cosa alguna" (Santiago 1:2-4). La prueba en un
justo no ha de producir rebelión sino, antes bien,
gozo. Lágrimas, pero gozo. Aflicción, pero gozo. Y
esperanza, de que tras esta aflicción vendrá un día
de regocijo, tras esta estrechez vendrán días de abundancia.
Tenemos
que decirle esto a los justos, a los hijos de Dios:
No rebelen por las pruebas, no se levanten contra la
autoridad de Dios. Ya pasarán, y aquello dejará un
grato olor de Cristo, un fruto apacible de justicia
en aquellos que han sufrido. La rebelión en un hijo
de Dios es un problema grave, porque es desconocer
que la mano de Dios es bondadosa, es desconocer que
Dios vela sobre él, es desconocer que Dios tiene a
sus ángeles apostados donde nosotros vamos, es atribuirle
a Dios algo impropio.
La
concupiscencia
Luego,
una segunda razón: el justo no podrá vivir por su justicia
el día que pecare. Los pecados rondan dentro del cristiano,
eso lo tiene que saber todo hijo de Dios. Dentro del
cristiano, aun del más consagrado, aun del más antiguo
y del más maduro, hay un germen de pecado que puede
expresarse apenas se le da un poco de libertad. Apenas
se le da lugar, ese germen de pecado que en la Escritura
se denomina también concupiscencia, dará a luz el pecado.
La concupiscencia, después que ha concebido da a luz
el pecado y el pecado, siendo consumado, da a luz la
muerte.
Tienen
que saberlo los hijos de Dios: todo pecado trae una
consecuencia de muerte. Nadie puede pecar impunemente.
Hay cristianos que han pecado y le encontraron un grato
sabor al pecado. Se sacudieron de ese pecado y dijeron: "Bah,
no pasó nada, no hay castigo, no hay disciplina".
Se sacudieron un poco, y más allá cometieron otro pecado.
Se sacudieron de nuevo y siguieron caminando. Y, de
repente... de repente, la mano de Dios vino sobre ellos,
firme, dura, severa. Pero amorosa también.
¡Nadie
puede pecar impunemente! ¡Pueblo de Dios, no hay pecados
blandos, blancos, pecados buenos o pecados chicos!
No hay pecados "piadosos". "No podrá vivir
por su justicia el día que pecare".
Los
que confían en su justicia
Pero
lo que más preocupa aquí en que un justo que está confiado
en su justicia le abre la puerta a la iniquidad. Creo
que eso tenemos que advertirlo con claridad. Nosotros
no podemos dejar de velar sobre nuestra alma, porque
delante de nosotros está el bien y el mal. Sigue estando
el bien y el mal, lo mismo que para Caín. Todo santo,
todo justo, ¡puede caer mañana mismo si quiere! Dios
no tiene a nadie obligado a caminar en rectitud. Es
la propia decisión del creyente, con el socorro de
la gracia, de la asistencia del Espíritu, la vida todopoderosa
de Dios adentro, la que nos permite caminar en justicia.
Pero si un hombre, por piadoso que sea, decide pecar,
va a pecar.
Es
necesario que se quite de los creyentes esa confianza
en su propia justicia, y en su lugar se establezca
firmemente una confianza en Dios. Noten ustedes que
este hombre está confiado en su propia justicia, no
en Dios. Es una confianza insegura, es una confianza
mentirosa. Nosotros tenemos que decir: "Sólo en
Dios confiamos". No confiamos en nosotros mismos,
sólo en Dios confiamos.
La
responsabilidad es personal
El
libro de Ezequiel es un libro en que Dios llama a los
hombres a hacerse responsables por su propia conducta,
responsables por su pecado, responsables delante de
Dios. En este libro, no se habla del pecado de Israel
como pueblo, sino más bien del pecado individual: responsabilidades
personales, responsabilidades individuales. ¿Por qué razón
ocurre así? Porque en los días que fue escrito esto,
el pueblo como nación, el pueblo de Israel, se había
desviado, se había apartado. La única esperanza que
quedaba era que un israelita piadoso en particular,
uno entre mil, uno entre diez mil, escuchara, atendiera,
se salvara.
Es
lo que ocurre en Laodicea, ¿se han fijado? "Si
alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y
cenaré con él, y él conmigo" (Apocalipsis 3:20).
Sin duda que la cristiandad hoy está viviendo esos
días, los días de Laodicea. Y entonces el llamado es
particular: "Si alguno oyere mi voz y abriere
su puerta, yo entraré..."
Amados
hermanos, el mensaje de Ezequiel es un mensaje para
nosotros.
Por
un lado, para que todos nosotros tomemos la carga del
profeta, para que todos nosotros nos reconozcamos como
atalayas, para que todos los que hemos visto la gloria
de Dios y que hemos comido del rollo de la Palabra,
asumamos la responsabilidad que tenemos delante de
nuestra generación. Y aunque ellos sean duros de rostro
y tengan un corazón empedernido, el atalaya tiene que
decir: "¡La espada viene!", tiene que alzar
la voz y tocar la trompeta. Que el Señor levante desde
este lugar muchos atalayas, muchos profetas, no sólo
para dar testimonio de las misericordias de Dios, sino
también para tener la fuerza, cuando sea necesario,
de decir: "Impío, de cierto morirás".
Y
para decir a los cristianos aletargados, tibios, mundanalizados,
decirles: "¡Cuidado, no te confíes en tu justicia! ¡Cuidado,
dentro de ti hay un germen de pecado! ¡Cuidado, no
te rebeles cuando venga la prueba! ¡Cuidado, amado,
cuidado! Porque el día que tú pecares, caerás; tus
justicias pasadas no serán recordadas.
Creo
que aquí no se habla de perder la salvación. Esperamos
que eso signifique así. Sin embargo, habrá pérdida.
Cuando Dios dice que habrá muerte ("morirás"),
es porque habrá muerte. No sé en qué expresiones habrá muerte.
Lo menos que podemos pensar es que un cristiano así no
va a reinar con Cristo. Y vamos a tener que pensar
también que su vida va a arrastrar muchas secuelas
de muerte, va a cosechar lo que sembró para el pecado.
Vivirá en derrota, vivirá a expensas de los enemigos,
vivirá siempre fracasando, cayendo. No habrá gozo,
no habrá libertad.
Oh,
es necesario, es necesario, amados, que seamos despertados
todos los que escuchen esta palabra. A ti, cristiano,
dondequiera que estés, tú eres responsable de ser un
atalaya hoy, y eres responsable también de hacer honor
a la justicia de Cristo que está dentro de ti, para
que no peques ni te rebeles delante de Dios. Que así sea,
en el nombre de Jesús. Lo deseamos, rogamos a Dios
por todos sus hijos. Intercedemos a Dios por todo su
pueblo, dondequiera que esté, para que los santos,
los justos, no pequen, no se aparten, para que tiemblen
a la Palabra, para que se sacudan del sopor, para que
hagan buenas obras, obras de justicia, para que se
aparten de la iniquidad, para que tiemblen ante el
trono de Dios. Pedimos al Señor que así sea hecho.
Estemos
de pie.
Padre,
te damos gracias. Te damos gracias por tu palabra.
Te damos gracias por el llamamiento de Ezequiel, que
también es muy parecido a nuestro propio llamamiento.
En esta mañana, nos sentimos identificados con este
hombre, y te rogamos, Padre, que tú nos hagas ser fieles
en la encomienda que tú nos das en este día. Permítenos
ser atalayas para esta generación, permítenos ser atalayas
para el impío y para el justo. Oh, y permite también
que nuestro propio caminar sea un caminar digno de
ti. Oh, líbranos de la autocomplacencia, líbranos de
la autoconfianza, líbranos de confiar en nosotros mismo.
Sólo en ti confiamos, tú eres digno de confianza y
no el hombre, porque todo hombre es mentiroso, pero
tú eres veraz.
A
ti te damos la gloria, Señor, a ti te damos la alabanza.
Te damos gracias por advertirnos, gracias por hacer
tocar tu trompeta entre nosotros en este día. ¡Aleluya,
aleluya, bendito es tu nombre! Te damos a ti la gloria,
Señor, te damos a ti la alabanza. Gracias, porque tú eres
bueno y tu misericordia es para siempre. Gracias porque
tu trono hoy es trono de gracia, es trono de misericordia.
Gracias, porque no se ha acortado tu mano para salvar,
no se ha acortado tu diestra para sostener. ¡Oh, bendito
es tu nombre!
En
esta mañana, Padre, te pedimos que en el nombre de
Jesús tú llames también a los que tienes predeterminados,
a los que ya han sido escogidos por ti, llámalos en
esta mañana, concédeles el don de la fe, concédeles
escapar del peligro en que se encuentran. Que así sea.